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Con Mis Propios Ojos: Carlos

10 de Julio

"Vaya, no tengo donde agarrarme... La pared está dura como una piedra, no es nieve, es hielo. Voy a darle unas patadas... nada, demasiado duro. Con las manos... nada... En fin... no puedo seguir subiendo, a ver si consigo bajar...uffff , imposible." La nieve se había ido congelando hasta ser más dura que el acero... éste fue el momento en el que me dí cuenta de que allí arriba estaba atrapado.

"Vaya, ¿qué es esto? Las manos me sangran a borbotones, ¿por qué? La piel de los dedos se ha cuarteado... los tengo en carne viva." Miré inmediatamente el rastro de sangre roja que había ido dejando en la nieve blanca.

- ¡Miguel, no sigas subiendo!- Grité girándome para ver a Miguel unos metros más abajo, - No hay donde agarrarse, por aquí no vas a poder pasar.-

- No, si no puedo seguir, la nieve se está derritiendo. - Contestó...

"¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo es posible que después de todo lo que hemos hecho para llegar hasta aquí nos quedemos atascados?"

Esa mañana tomamos una decisión ciertamente equivocada... no debimos haber tomado la ruta que subía por encima de la cota de nieve. Tendríamos que haber permanecido por debajo de los 1000 metros. El Taranaki es un monstruo que no tiene piedad con quien se adentra en él y ahora a más de 1500 metros de altura se hacía notar la presión que estrangulaba nuestras posibilidades de salir vivos. El primer ascenso fue sencillo comparado con lo que vino más adelante. Subimos hasta la nieve sin demasiados problemas, armados con un palo por si nos hiciera falta. El palo resultó ser inútil pero nuestra determinación implacable.

Una vez arriba seguimos un muro de piedra, aquello fue difícil, estábamos andando por un terreno muy inestable, resbaladizo, traicionero... lo peor era, sin duda alguna, la pendiente. Al principio pudimos agarrarnos a la escasa vegetación para no caer al vacío. Más tarde tuvimos que escarbar en la nieve para encontrar algo de "tussoc" donde poder agarrarnos. Llegó un momento que no había nada, solo un desierto vertical, blanco, donde debíamos clavar los puños y la punta de las botas para poder seguir avanzando.

No tardamos mucho en darnos cuenta de que volver por donde habíamos venido resultaría imposible... habíamos sorteado obstáculos muy complicados de subir pero imposibles de bajar. Sería mucho más arriesgado bajar por allí que intentar continuar hacia adelante...

La frustración era enorme cuando llegábamos a la cima de una pared, esperando que el camino empezara a descender de nuevo a la vegetación de las cotas bajas, en cambio nos encontrábamos con una bajada vertical y otra subida espectacular... Bajamos y subimos incontables veces, con manos y pies, como lagartos subiendo por una pared. El camino se complicaba poco a poco, cada paso ascendía hasta llegar al siguiente. Inevitablemente la fatiga fue haciendo mella... No obstante frente a la adversidad nos hicimos fuertes utilizando todos los recursos a nuestro alcance.

Cada vez había más nieve y más hielo. La piel se quedaba pegada a la pared solo con el contacto. Descendimos por cañones cubiertos de hielo, conseguimos subir riscos imposibles. Escalamos heladas paredes verticales, pasamos por zonas derrumbadas, víctimas de las habituales avalanchas invernales. La nieve y el hielo que se desprendía con nuestros pasos caía sin detenerse hasta perderse de vista cientos de metros más abajo.

Aquella mañana nos habíamos levantado pronto para caminar, estábamos preparados para aguantar un largo día, pero no estábamos preparados para lo que vino a continuación.

El camino seguía ascendiendo, sin piedad. Una silenciosa y demandante tortura hasta la cumbre... Hasta la cumbre de un risco helado en el cual ahora me encontraba atrapado, inseguro sin agarre posible. Miré de nuevo a Miguel y sólo pude articular cuatro palabras:

- ¡Aquí arriba estoy vendido! -

- ¿Qué hacemos? -

- Sólo se me ocurre llamar para que nos vengan a buscar, sólos no podremos salir de aquí -

- Además aunque pudiésemos no creo que nos diese tiempo a llegar al "hut" antes del anochecer -

Reconocimos al instante lo desesperado de nuestra situación. El sol se esconde pronto en Nueva Zelanda y además estábamos en la cara Sur del volcán, allí donde no da el sol durante todo el invierno. Pronto haría tanto frío que si no pudiéramos movernos (como era el caso) caeríamos en el sueño tranquilo y profundo que ofrece la hipotermia. Afortunadamente hacía uno de esos escasos días soleados y sin viento, la visibilidad era perfecta y desde allí arriba veíamos la playa, la jungla, los ríos que derraman sus lágrimas al infinito mar...

- ¡Llama YA y que se den prisa! - No podía moverme puesto que caería irremediablemente hasta la base del volcán y no sabía cuanto tiempo sería capaz de aguantar allí... La sensación era como si tratare de agarrar con fuerza una pastilla de jabón, mojada después de haberme lavado las manos.

¿Y si no hubiese cobertura? Sin duda sería fatal. Por suerte la tuvimos y el equipo de rescate se puso en marcha en seguida. La espera se hizo eterna. A cada rato intercambiaba unas palabras de ánimo con Miguel, me incorporaba y daba un par de patadas al hielo para asegurar mi agarre y desentumecer los músculos y articulaciones. También daba palmadas de tanto en tanto para activar la circulación de las manos.

Miguel estaba agarrado a un palo semienterrado y pudo sacar ropa de abrigo y comida... Yo en cambio estaba condenado allí arriba, sin poder moverme para alcanzar la mochila...

Los minutos parecían horas y durante la hora que esperamos se me pasó toda una vida por la mente. En cualquier momento el hielo bajo mispiés cedería, se derretiría o se derrumbaría, haciendo peligrar tanto de mi vida... Me sentía como un muñeco de cartón a merced de un único soplo de aire. Cuando por finoimos el helicóptero recobramos el aliento y el brillo en la mirada. Movimos los brazos frenéticamente con la esperanza de que nos localizaran... pero no fue así. Pasó de largo sin más hasta ocultarse detrás del enorme volcán. ¡Estábamos perdidos! Nos estaban buscando más abajo, no se esperaban que hubiésemos llegado tan lejos, la hazaña era prácticamente imposible. Llamaron por teléfono y Miguel comenzó a dar instrucciones para que nos localizasen. El helicóptero volvió a aparecer en el horizonte:

- ¡A vuestras tres! ¡A vuestras tres! ... ¡Doscientos metros más arriba de donde estáis buscando! ... ¡Por encima del nivel de las nubes! -

No dejábamos de mover los brazos, desesperados. Éramos un mísero puntito en una inmensidad blanca. Por fin se acercó aquel insecto mecánico, se puso frente a nosotros, nos señalaron y descendieron a un sitio seguro para preparar el rescate. Mirábamos desde lo alto, impacientes, como un coyote mira a un conejo moribundo. El cuerpo entero me temblaba, desde los pies hasta las orejas, en un exasperante baile por la supervivencia.

Por fin el helicóptero volvió a ascender hasta donde estábamos. El viento que levantaba era tan fuerte que tuve que agarrarme con todas mis fuerzas a la pared. Un hombre colgado de una cuerda aterrizó a mi lado y mientras luchaba por agarrarse al hielo perdió un guante... el guante cayó montaña abajo, dibujando el camino que habría recorrido yo si no hubiese conseguido aguantar hasta entonces hasta que se perdió de vista en aquel infinito mar de agua congelada. Pronto me encontré colgado de aquella larga cuerda, volando por encima del monstruoso volcán... Tenía el mundo a mis pies...

Me dejaron en un lugar seguro y subieron de nuevo a rescatar a Miguel. Yo contemplaba entretanto la escena desde la distancia, hecho una bola en un agujero escavado en la nieve. Con frío, pero seguro. Saqué ropa de abrigo de la mochila y comí algo. Bajaron a Miguel y el helicóptero aterrizó en la nieve. Subimos a bordo y emprendimos el camino al aparcamiento donde habíamos dejado el coche unos días atrás. Dejaron a Miguel allí, a mí en cambio me llevarían al hospital de New Plymouth a hacerme una revisión. Le comenté a Rob (el hombre que nos sacó de del hielo) que me encontraba bien, pero él insistió en ir a ver a un médico. Hasta que no estuvimos en el helicóptero no pudimos verle la cara al hombre que nos salvó la vida. Rob, un hombre bien entrado en años, calvo y con un denso bigote, un especialista en rescates alpinos, un héroe. Aquel día se jugó la vida por nosotros, no había resultado nada fácil sacarnos de donde estábamos, había sido casi tan difícil y arriesgado como llegar allí.

Antes de ir al hospital acudimos a un nuevo rescate, una chica que se había roto un tobillo caminando por una pista de esquí cercana. Nos recibió una ambulancia en el helipuerto , nos llevaría a urgencias. Sacaron a la chica en camilla mientras yo caminaba para entrar en calor. Una vez en urgencias se me acercó un enfermero y me preguntó si quería esperar 6 horas a que me viese un médico... Pues no, la verdad, y salí de allí tan contento. Mientras esperaba a Miguel en el aparcamiento, enfrente de la puerta del hospital, se me acercó Rob y me dijo literalmete que aquello era una "puta mierda" y que no lo tuviera en cuenta, que le acompañara en ambulancia a la central de rescates donde me podría tomar un café caliente. Así hice mientras llamábamos a Miguel para que supiera dónde estábamos. No conseguimos contactar con él pero dejamos un mensaje en urgencias para que le dijeran donde estábamos.

Me recibieron como a un rey, me prepararon una bebida caliente, me dieron toallas y mantas para que me secara y calentara los pies y me hicieron compañía hasta que llegó Miguel con el coche. Charlamos un rato más con ellos, nos despedimos deRob y le agradecimos todo lo que había hecho por nosotros y nos fuimos al Backpackers donde nos alojamos la última vez.

En fin, nos alegramos de estar vivos, que dadas las circunstancias no es poco... Creo que hemos aprendido más de una cosa y que va a ser una experiencia inolvidable, está grabada a fuego en nuestras memorias.

Bueno, os dejo de aburrir con palabras que ya han sido bastantes aunque insuficientes, como siempre. Espero que disfrutéis de las fotos que tomó Miguel (sin que el equipo de rescate se enterara, por supuesto).

Ahora más que nunca queremos volver subir a la montaña.

¡¡¡Besos para todos!!!

Fotos: ¿¿¿Track 1-3???, Carlos 1-2, Helicóptero 1-7, Taranaki Desde el Espacio.

Con Mis Propios Ojos: Miguel

10 de Julio

Con mis propios ojos:

Caminamos durante una hora y media siguiendo las marcas naranjas del camino por el risco de la montaña. Se nota que hace tiempo que nadie pasa por aquí, hay que esquivar algún que otro árbol caído y apartar algún que otro matorral, nada de otro mundo.

A la derecha un bosque plagado de Horopito, arranco una hoja y comienzo a mascar, además de producir saliva tiene propiedades antisépticas y pica un poquito, ¡Por algo lo llaman el árbol de la pimienta!. A la derecha una caída de unos cuarenta metros marcada por una cascada que se abre paso entre los helechos.

Comienza el ascenso y la nieve marca el camino hacia la cumbre, Taranaki brilla con todo su esplendor blanco. El camino se estrecha y el grado de exposición aumenta, teniendo que hacer uso de las manos, atrás queda el bosque, caminamos por encima de la línea de árboles, por encima de la nubes.

Tomamos un descanso y admiramos las vistas antes de atacar la montaña: El día es tan claro que nos permite ver más allá del parque nacional. Dirección sur-oeste podemos ver el Mar de Tasmania y lo que parece la isla de Mana, Agudizando un poco la vista puedes casi divisar la cadena montañosa de la Isla Sur. No apto para los que padecen del mal de alturas...

Se acabo la tontería, máxima concentración, a partir de ahora hay que andar con pies de plomo.

Un manto blanco bajo nuestros pies y el único indicador es una estaca de madera que asoma unos 40cm de la nieve. No hay árboles, no hay marcas, no hay camino, estamos en la cara sur del volcán.

No han pasado ni cinco minutos y ya estamos con la nieve por encima de los tobillos. Agarrados a la pared de roca ígnea como dos garrapatas a un perro sarnoso nos vamos abriendo camino por un desierto blanco.

Primero un paso, aseguras y luego otro, vuelves a asegurar clavando la punta de la bota, luego la rodilla, inclinas el peso hacia delante y clavas el puño en la nieve para estabilizar el peso de cuerpo y vuelta a empezar. Así repetidas e innumerables veces hasta cruzar el desfiladero.

A lo lejos otra estaca asoma en lontananza, nuestra única referencia, nuestro “As de Guía”. Caminamos con paso firme y constante pero en la nieve todo es diferente, las horas pasan volando aunque tienes la sensación de que estás congelado en el tiempo y apenas notas que avanzas. La nieve ya cubre por las rodillas.

Descendemos a un valle con la esperanza de que al otro lado el camino se dirija al bosque. Nada que hacer, a un valle le sigue otro, y otro y otro, y otro...

El día de descanso nos permite seguir con fuerza y no perder la esperanza, caminamos con paso firme pero la inclinación del terreno se agudiza y la caída parece no tener fin.

El sol derrite la nieve convirtiéndola en polvo y cada muro que escalas requiere un esfuerzo terrible. Es como subir por una escalera que se desintegra a tu pies impidiéndote avanzar. Aún así sacas fuerzas de flaqueza y consigues llegar a lo más alto, pero de nada sirve porque ante ti tienes un nuevo valle que descender, un muro de hielo que atravesar, unas rocas que escalar...

La adrenalina impide que el frío haga mella y aunque el ritmo decelera continuas caminando con paso firme aunque cansado. La capacidad de adaptación de la mente humana parece no tener límites y la voluntad dirige tu cuerpo de manera inconsciente, casi onírica.

Un punto rojo sobre un lienzo blanco me despierta del letargo. Un rastro carmesí muestra el camino. Me sangran las manos y el frío impide que coagule la sangre. La fricción hace que la nieve abrase la piel pero el dolor no se hace latente gracias a la anestesia del frío, curiosa paradoja.

Sigues clavando los puños en la nieve, desenterrando matorrales de tussok con el fin de encontrar un punto de apoyo más allá del hielo. El sendero parece no acabar nunca, escalamos un muro de piedra con la vista siempre fija en la cumbre, nunca mirando a tus pies. Mejor no ver la caída. Mejor no pensar en las consecuencias de un resbalón. Mejor no pensar en nada más que en el siguiente paso. En tu cabeza abrazas una sola idea: “Lo voy a conseguir, lo voy a conseguir”.

El sol parece que se esconde y en cuestión de minutos el hielo se pone tan duro como la roca que cubre. Ahora si que estamos exhaustos y cada vez es más difícil clavar las uñas en el hielo. Carlos va delante, a unos 15m por encima mío. Me agarro al único punto de apoyo del muro de hielo, respiro hondo y me decido a dar el próximo paso pero un grito de alarma congela mi cuerpo por primera vez en la montaña: “!Estoy vendido!”

Encaramado a una roca en lo alto del pico, Carlos se agarra a un cascarón de hielo sin poder avanzar ni retroceder. Se acabó.

Con sumo cuidado consigo quitarme la mochila y saco el teléfono, no hay cobertura. Marco el 111 y una voz femenina responde al otro lado de la línea. Le cuento la situación y directamente me pasan con la policía, se llama Mat. Vuelvo a contar la misma historia, les doy la posición exacta en la que estamos y le pido que envíe un helicóptero de rescate.

Me pongo en contacto directo con el piloto, me pide datos sobre nuestro estado y condición física. Le explico que la situación se torna insostenible, que no hay signos de hipotermia y que nos mantenemos conscientes pero que no hay forma de descender la pared de hielo para cavar un agujero en el suelo y ponernos a cubierto.

Por lo visto tienen otro rescate al otro lado del volcán, en las pistas de esquí una niña se ha roto un tobillo y van a por ella. Les llamo y les digo que no puede ser, que tienen que venir a por nosotros primero, que Carlos está muy expuesto y no sabe cuanto va a poder aguantar, que lleva un jersey rojo y que es a él al que tienen que sacar primero.
A grito pelao le cuento a Carlos las desalentadoras noticias y se las toma como desesperada resignación. Yo le digo que aguante como sea, que no queda otra.

Un minuto más tarde suena el teléfono; Vienen a por nosotros primero. ¡Aguanta que ya vienen, están en camino!

Desde la primera llamada de socorro ha pasado más de una hora y el sol hace tiempo que se despidió de Taranaki.

Un zumbido de esperanza inunda el aire, es el helicóptero de rescate. Con una mano fusionada al hielo y la otra agitando el aire que nos rodea hago lo posible por señalizar nuestra posición, pero parece ser que no nos ven, pasan unos 150m por debajo nuestro, estamos demasiado altos y se han pasado de largo.

Me llaman al teléfono y les indico nuestra posición, ¡Poneros mirando a la montaña y vuestras 03:00 a unos 100m por encima vuestro!

Ahora sí.

No hay manera de aterrizar a si que en el helicóptero Rob prepara su arnés. El ruido es ensordecedor pero en mis oídos suena una melodía de esperanza.

Llegan a Carlos que se agarra al hielo como una fiera a su presa. Parece que va a salir volando envuelto en una nube de agua-nieve de la ventolera que levantan las hélices. Acto seguido Rob desciende por la cuerda, clava un piolet en la nieve para que Carlos se agarre mientras le colocan el arnés y en poco más de dos minutos mi amigo surca los aires enganchado a un helicóptero por un cordón umbilical a más de 1500m de altura.

Se despide de mí con un gesto que no se si es una sonrisa o una mueca producto de la congelación de los músculos. Respiro aliviado. Ahora me toca a mí.

Depositan a Carlos en la única superficie horizontal del terreno y vienen en mi busca.

Unos metros por encima mío Rob desciende y me hace desabrocharme los cinturones de la mochila mientras me pone el arnés. La nieve está durísima y no encuentra donde agarrarse, se resbala pero retoma la posición. Yo mantengo las manos en alto para facilitarle el trabajo, parezco un caco al que le acaban de pillar infraganti.

Una vez asegurados los dos, Rob hace señales para que el piloto alce el vuelo. Parece que no ha entendido bien los comandos y comienza a retroceder ladera arriba mientras Rob se ve arrastrado contra el muro de hielo. Se anula la acción y vuelta a empezar. Recuperamos la verticalidad y de pronto comienzo a notar como la cuerda se tensa y de pronto estamos suspendidos en el aire. ¡Estoy volando!

A mi espalda Taranaki observa mi vuelo con gesto impasible, a lo lejos veo la cumbre del Tongariro hermana gemela y a mis pies un punto negro que poco a poco se acerca; es Carlos tumbado en la nieve.

Mientras me desatan Carlos y Yo cruzamos una mirada de complicidad, las palabras sobran.
Ya en helicóptero disfrutamos de una vistas privilegiadas: Vemos los huellas dejadas por los ríos de lava hace miles de años, las cubres nevadas, los bosques, las colinas y los torrentes de agua, el mar de nubes, el océano.

Llegamos al parking donde tenemos el coche y en un alarde de espectacularidad me sueltan del helicóptero con las dos mochilas mientras la gente mira atónita. Se llevan a Carlos al hospital, medidas rutinarias.

Tumbado en el suelo con la melena al aire a lo John Rambo me despido con un gesto de Carlos. Al otro lado del cristal él me da la réplica poniendo cara de “Pues nada, a ver que pasa...”.

Carlos a lomos de una libélula de metal se pierde en el horizonte mientras un grupo de gente me hace un corrillo. Me doy cuenta de que estoy temblando del frío.

Me tomo un café para entrar en calor y zumbando me voy al hospital.

Para cuando llego a urgencias la noche ya ha hecho acto de presencia. Me dirijo al mostrador y pregunto por el helicóptero. Una voz femenina me dice en tono suave: “You must be looking for Carlos, he´s at the Rescue Center”.

Rodeado de ambulancias, en una pequeña caseta, me encuentro a Carlos con los pies en alto cubiertos con una toalla mientras conversa airadamente con un grupo de enfermeras mientras disfruta de un chocolate caliente. Solo le falta decirme “ Pasa, siéntate y tómate algo...”.

Le doy las gracias a Rob “el rescatador”y a Matt el policía que me llama para comprobar que todo ha ido bien.

Aprovecho para limpiarme las heridas y la sangre seca en el baño y me uno a la conversación con una taza caliente entre mis “ahora sí” doloridas manos.

En torno a una mesa rodeada de uniformes rojos compartiendo una chocolate caliente, me doy cuenta de que estamos sanos y salvos, la aventura por fin ha acabado.

Fotos: ¿¿¿Track 1-4???, Ascenso, Rob el Rescatador, Helicóptero 1-5, Muro de Hielo.

La Encrucijada

10 de Julio

Con la barra de energía al máximo nos lanzamos al bosque sedientos de aventura. Ayer junto al fuego desplegamos el mapa para estudiar el circuito, la elección no es clara; Siete horas obligados a cruzar siete ríos con riesgo de inundaciones por debajo de los 600m vía Taungatara o cinco horas expuestos a las posibilidades del hielo a más de 1500m de altura vía Brames Falls.

Las condiciones climáticas son inmejorables; no hay nubes, no hay viento y en lo alto luce un sol invernal.

En poco más de una hora nos plantamos en la encrucijada. Apoyados en el poste que marca el cruce de caminos debatimos y jugamos con las posibilidades que nos brinda la montaña. De nada sirve lo meditado la noche anterior, ha llegado la hora de la elección.

La decisión pasa por una mezcolanza de emociones, responsabilidades, impulsividad irracional y sed de aventura. Tardamos 10 segundos en tomar una decisión.

Los tres primeros pasos definirán el resto del día. Como todo en esta vida el primer paso es el más difícil pero el segundo siempre acompaña y el tercero ya va solo...

Con sonrisa de gato comenzamos el ascenso mientras recordamos unos de esos libros que marcan tu adolescencia, “Elige Tu Propia Aventura”, “Si decides cruzar los ríos pasa a la página 73, si por el contrario decides enfrentarte a la nieve pasa a la página 99”. Esperemos que el libro pase de la página 100...

Todo lo que vino después ha de ser contado desde la perspetiva individual, tanto de Carlos como de Miguel...

Fotos: Carlos, Sol Quema, ¿¿¿Última Foto???, Cascada, Above The Bushline..., Mapa de Taranaki.

Nieva en Taranaki

Del 8 al 9 de Julio

No ha parado de llover en toda la noche y el rondador nocturno, un provocativo armiño, cesó en sus ansias de pulir el barniz del hut a eso de las 05:00am. Amanece pero por la ventana del techo no entra luz, que raro...

Me levanto para mirar por la ventana y la imagen es sobrecogedora, ¡Carlos despierta!

(Dos ojos inyectados en sangre escondidos en la oscuridad de un saco de dormir miran al infinito como el que mira en un espacio en blanco).

¡Carlos despierta, está todo nevado!

Mientras desayunamos admirando las vistas del valle una risa irracional nos invade al pensar en el pobre armiño, seguro que se ha quedado tieso, congelado en formato “polo de pelo”...

Esperamos a que el sol derrita un poco el hielo y a eso de las 09:00am nos ponemos en camino. Es un poco tarde, pero más vale asegurar cada paso y evitar caídas y resbalones innecesarios. Hora estimada de llegada al próximo hut 16:00pm.

El comienzo del camino está completamente anegado por el agua, es como caminar por un río que te cubre por encima de los tobillos, el frío en los pies nos pone a tono en un momento y pronto aligeramos el paso.

Pasamos cerca de una catarata de 32 metros de altura, cruzamos un par de ríos bastante subiditos de tono y saltando de piedra en piedra nos viene a la mente la historia de la turista que el año pasado perdió la vida al ser arrastrada por la corriente. Aquí, en Taranaki, tras una noche de lluvia, un arroyo puede convertirse en un caudal de agua literalmente impasable. Lo peor que te puede pasar (sin contar con la opción de la “turi”) es que tras siete horas por el bosque te encuentres con un río que te impida llegar a tu destino y tengas que retroceder sobre tus propios pasos y deshacer el camino andado. Esperemos que no sea el caso.

El agua da paso al barro y nos acordamos de nuestra experiencia en Stewart Island. Mirar en el barro se ha convertido para nosotros como para los esquimales hablar de la nieve. Puedes diferenciar entre si el paso que vas a dar te va a cubrir de fango hasta las rodillas y por lo tanto has de evitarlo, o por el contrario va a ser duro como el asfalto y por lo tanto puedes pisar sin miedo.

Al cruzar un nuevo río nos encontramos con un DOC acompañado de tres perros de caza y un rifle con silenciador. Está cazando cabras salvajes. Las cabras salvajes son consideradas una peste, están acabando con los bosques de Nueva Zelanda, se comen todos los brotes y no dejan títere con cabeza. Ya lleva abatidas dos ésta mañana.

Continuamos nuestro camino y volvemos a adentrarnos en el bosque. Las vistas del Taranaki son sin duda alguna una de esas imágenes que se te quedan impresas a fuego en la retina de por vida.

La tarde cae y nos encontramos ya en la Cara Este del volcán. Uno de los síntomas que te indican que llevas caminando demasiado es la falta de circulación en las manos, pero la solución es fácil y rápida; Extiendes los brazos hacia el infinito y con las palmas de las manos apuntas al cielo. La imagen es curiosa, parecemos dos fervientes religiosos en pantalones cortos rezando a nuestro dios en lo más alto rodeados por un bosque de helechos gigantes.

A eso de las 15:25pm llegamos al Waiaua Gorge Hut, hemos llegado más de una hora antes de lo previsto, para variar. Preparamos el fuego y disfrutamos de una sopita de sobre mientras admiramos la inmensa mole nevada. Hoy es luna llena, las vistas nocturnas del volcán prometen.

El día siguiente lo pasamos descansando el cuerpo. Desde que llegamos a Wellington hace una semana hemos estado siempre a la carrera así que es conveniente relajar los músculos antes afrontar los días que nos esperan en la Cara Sur.

Eso sí, no hay excusa que valga para dejar de hacer nuestras flexiones y abdominales, ya sean tras seis horas de caminata o en tu día de descanso.

¡No hay excusa!

Fotos: Vista del Holly Hut 1-4, Cortado 1-2, Miguel 1-3, Cielo, Rio Seco, Miguel 4.

Un Volcán en la Mente (67km)

6 y 7 de Julio

Nos levantamos a las 7:00 a.m. como todos los días que estuvimos durmiendo en Wellington. El aparcamiento supone un problema en esta ciudad... te cobran unos 4 dolares por cada hora que esás estacionado en la calle... es mucho dinero y procuramos no pagarlo, obviamente. Nos dimos una última vuelta por la ciudad antes de irnos, nos compramos unosjack´s, nos tmamos un café y visitamos un par de tiendas.

Cogimos el coche en dirección nor-oeste hacia la ciudad de New Plymouth. Salimos de Wellington siguiendo la carretera por la costa, una carretera preciosa con un altísimo índice de accidentes puesto que la gente se queda mirando el mar, las rocas y las islas (Mana Island yKapiti Island) que vas pasando. Atravesamos Wanganui, un pueblo precioso con un río que dicen que merece la pena hacer en kayak. Estuvimos tentados a parar pero nuestro destino era mucho más espectacular. Además teníamos muchas ganas de subirnos al monte y ponernos a caminar.

No tomamos conciencia de dónde íbamos hasta que entre las nubes vimos el Taranaki (Mt. Egmont)... Confusos por las impresionantes dimensiones del volcán, no adivinábamos donde terminaban las nubes y empezaba la montaña. Sip, Taranaki es el Monte del Destino, todos aquellos que hayan leido el Señor de los Anillos sabrán que fue donde Frodo tiró el Anillo al final de la historia... allá en el corazón de Mordor. El Taranai está nevado, asciende hasta los 2518 metros de altitud desde el nivel del mar. Allí también se rodó el Último Samurai por su parecido con el MonteFuji, en Japón. Se trata de un volcán que aún hoy está activo. El caitán Cook lo llamó Mt. Egmont en nombre de uno de sus sub-alternos, el volcán le permitió darse cuenta de que el hoy llamado Estrecho de Cook era efectívamente un estrecho.

Por fin llegamos a New Plymouth, una ciudad de unos 45.000 habitantes. Bonita y agradable. Fuimos al info-site de turno y visitamos la playa para ver el atardecer. Fuimos a la compra y nos hospedamos en un backpackers muy cómodo, un edificio de 1920.

A la mañana siguiente ya teníamos todo preparado para andar durante 5 días por el Taranaki. Nos subimos al centro de visitantes del volcán (donde empezaba nuestro camino), dejamos constancia de nuestras intenciones en elDOC (que a estas alturas ya debéis saber de sobra lo que significa) y comenzamos a caminar. Allí nos advirtieron que estaríamos solos en la montaña, que no había nadie en esta época del año.

Aquel día nos hizo sol, nos llovió, nos nevó, granizó y nos hizo una niebla que se podía cortar con un cuchillo... El tiempo en elTaranaki es muy variable y cambia radicalmente en pocos minutos y sin aviso previo.

El primer tramo fue un ascenso continuo por el bosque, el camino estaba claro y definido, bien indicado. Cuando llegamos al nivel en el que la nieve hacía acto de presencia el track se empezó a complicar. La densa vegetación desaparece dando paso a pequeños "redtussoc " y demás flora alpina. Ésta montaña está plagada de enormes caracoles carnívoros, grandes como puños (no es coña, existen), y de plantas venenosas. Las aguas que bajan delTaranaki son de color rojo por la presencia del Kokowai (hierro y magnesio), que los maorís utilizaban para decorar sus esculturas talladas en madera. Ésto le da un aire bastante siniestro al monte.

Pasamos por estrechos caminos al borde de desfiladeros que quitan el hipo. Nos arrastramos por el suelo atravesando zonas derrumbadas del camino, donde los desprendimientos de rocas son más que habituales. Saltamos por enormes piedras y escalamos muros de roca y barro... Vamos, lo habitual. El único reto lo suponía la nieve y el hielo que hacían que nuestro avance fuera más lento de lo normal, debíamos asegurar cada paso si no queríamos caerinevitablemente al vacío. En un punto pasamos por la "Escalera de Jacob", como la peli (lo podéis ver en la foto).

La vegetación volvía a aparecer cuando comenzamos a descender para llegar al primer hut, Holly Hut. Tardamos unas 3 horas y media en llegar, menos de lo esperado. Todo había ido perfectamente y el hut era agradable y calentito. Para variar colgamos nuestra comida, (para que los ratones no se la comieran), y dormimos delante del fuego, encima de las mesas, para estar más calentitos.

Nunca se nos olvida hacer nuestra tabla de ejercicios antes de dormir... la verdad es que es la mejor manera que hemos encontrado hasta ahora para entrar en calor.

Fotos: Playa, Tren, Puesta de Sol, Taranaki, ¿Adonde Lleva?, Carlos 1 y 2, ¡Cuidado!, Carlos 3.