Recuperación (o Cowboys y Duelos de Guitarras)

Del 10 al 14 de Julio

Siempre hemos dicho que no hay nada mejor que una buena ducha caliente tras unos días duros en la montaña. Hoy es la excepción que confirma la regla. Me es imposible cerrar la mano en un puño y al contacto con el agua caliente los dedos se hinchan y se ponen del color del dedo de E.T. cuando apunta al cielo buscando su casa. Las rodillas parecen dos cabezas de elefantes enfrentados envueltos en pinturas de guerra y noto que un brazo me cuelga más que otro. El resto del cuerpo parece estar en orden.

Al salir de la ducha me encuentro con Carlos en el pasillo, parecemos dos vaqueros antes de entrar en duelo; incapaces de andar erguidos, con los brazos arqueados y apunto para desenfundar. Caminamos erráticos hacia nuestra habitación y entre las piernas nos cabe “una pelea de perros”, como diría mi madre.

Nunca pensé que ponerme unos calcetines pudiese costar tanto, especialmente si solo utilizas los mismos dedos que usaba Django para sacarle acordes a su guitarra.

El caso es que celebramos nuestro recate con una cerveza, una hamburguesa de brontosaurio “estilo picapiedra” y una larga noche de descanso. Ésta vez sin flexiones, no vaya a ser que nos quedemos en el sitio.

Al día siguiente la dueña del hostal nos sorprende con un recorte del periódico local y Carlos la responde sonriendo: “¡Creo que es la primera vez que salgo en la prensa!”.
(Yo en cambio creo que he salido en más de un medio de comunicación... Saravah! )

Amanece en nuestro cuarto. Siento el cuerpo acartonado pero salimos a dar una vuelta y respirar aire fresco. Con aire fresco quiero decir, “nos vamos a ver las tiendas de guitarras”. Después de hacer el inventario: “Ésta tienda tiene más baratas las Ovation y el Jazz Bass es americano pero no tienen ni una sola Grestch...”, ponemos rumbo a la biblioteca, pero de camino encontramos una pequeña tienda de música a medio abrir y por supuesto entramos a ver que pasa...

Nos recibe un gordo sudoroso de pelo pegao. La tienda está hecha un asco, los “amplis” tirados por el suelo, las guitarras a medio cordar en el mostrador y en la esquina un abuelo maorí lanzando acordes al aire. ¡Me encanta!

El tío nos ve interesados en el tema y sin más dilación se pone a dar patadas a los cacharros que hay por el suelo y se dirige a la trastienda. A los pocos segundos vuelve con un estuche en la mano, aparta las guarrerías que tiene en el mostrador y abre el estuche. El cuarto se ilumina con una luz dorada que sale del interior de la caja negra y aparece una Vox original de los años 60. Al momento, como si de un truco de magia se tratase, con la otra mano empuja una caja de cartón y saca una guitarra de jazz australiana de los ´50, liviana como una pluma. Luego una doce cuerdas japonesa, un Music Man firmado por el de ZZ Top, una Grestch original, un bajo Danelectro que parece una Vespa, ¡una Manuel Rodríguez!.... El tío se pone rojo como un tomate, parece que le va a dar un ataque al corazón pero sigue sacando bajos y guitarras, no hay quién le pare; Una guitarra rarísima que cuando Satriani estuvo de gira (lo he comprobado y es verdad) se quedó con la boca abierta y con la manos vacías porque no se la quiso vender. Otra Vox preciosa estilo 335, una Chet Atkins Especial Edition seriada de las que solo hay 350 en todo el mundo, otra guitarra australiana envuelta en piel de lagarto o yo que sé .... El hombre está al borde de la embolia cerebral pero no para de sacar guitarras y más guitarras al son de: ¡No encontraréis una tienda como ésta en todo New Zealand!, ¡No encontraréis una tienda como ésta en todo New Zealand!

Medio mareados después de una sesión continua de extravagancias, nos vamos a comer sushi a la playa, pero desde el coche, que hace mucho frío...

Por cierto, dos días después nos fuimos a Waitomo Caves. Paseamos por la noche por el bosque, cruzamos unas cataratas y encontramos unas cuevas maorís, Ruakuri Natural Tunnel con Glowworms (los gusanillos que cuelgan de las paredes y brillan por la noche). Caminamos a lo largo de un río hasta llegar a Natural Bridge, una cueva enorme derrumbada. Nos metimos en otra cueva con nombre de picante portugués, fuimos a ver una caída de agua de más de 30m, Makaroa Falls y dimos de comer a un ciervo amaestado que se había encontrado un cazador "misericordioso" en el interior de su presa. También hubo avestruces de pestaña larga y ostras fosiciladas en la roca.

Próximo destino: White Island.

Pd: Si sois amantes de la música y por azares de la vida os encontráis en New Plymouth, no dejéis de visitar a Ryland Sheard y su tienda de curiosidades musicales.

Fotos: Puesta de Sol New Plymouth 1-6 , Cuevas de Waitomo 1-7, Cascada, Ciervo Avestruz, White Cliffs, Natural Bridge 1-5 (la 3 son Ostras Fosilizadas) .

Con Mis Propios Ojos: Carlos

10 de Julio

"Vaya, no tengo donde agarrarme... La pared está dura como una piedra, no es nieve, es hielo. Voy a darle unas patadas... nada, demasiado duro. Con las manos... nada... En fin... no puedo seguir subiendo, a ver si consigo bajar...uffff , imposible." La nieve se había ido congelando hasta ser más dura que el acero... éste fue el momento en el que me dí cuenta de que allí arriba estaba atrapado.

"Vaya, ¿qué es esto? Las manos me sangran a borbotones, ¿por qué? La piel de los dedos se ha cuarteado... los tengo en carne viva." Miré inmediatamente el rastro de sangre roja que había ido dejando en la nieve blanca.

- ¡Miguel, no sigas subiendo!- Grité girándome para ver a Miguel unos metros más abajo, - No hay donde agarrarse, por aquí no vas a poder pasar.-

- No, si no puedo seguir, la nieve se está derritiendo. - Contestó...

"¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo es posible que después de todo lo que hemos hecho para llegar hasta aquí nos quedemos atascados?"

Esa mañana tomamos una decisión ciertamente equivocada... no debimos haber tomado la ruta que subía por encima de la cota de nieve. Tendríamos que haber permanecido por debajo de los 1000 metros. El Taranaki es un monstruo que no tiene piedad con quien se adentra en él y ahora a más de 1500 metros de altura se hacía notar la presión que estrangulaba nuestras posibilidades de salir vivos. El primer ascenso fue sencillo comparado con lo que vino más adelante. Subimos hasta la nieve sin demasiados problemas, armados con un palo por si nos hiciera falta. El palo resultó ser inútil pero nuestra determinación implacable.

Una vez arriba seguimos un muro de piedra, aquello fue difícil, estábamos andando por un terreno muy inestable, resbaladizo, traicionero... lo peor era, sin duda alguna, la pendiente. Al principio pudimos agarrarnos a la escasa vegetación para no caer al vacío. Más tarde tuvimos que escarbar en la nieve para encontrar algo de "tussoc" donde poder agarrarnos. Llegó un momento que no había nada, solo un desierto vertical, blanco, donde debíamos clavar los puños y la punta de las botas para poder seguir avanzando.

No tardamos mucho en darnos cuenta de que volver por donde habíamos venido resultaría imposible... habíamos sorteado obstáculos muy complicados de subir pero imposibles de bajar. Sería mucho más arriesgado bajar por allí que intentar continuar hacia adelante...

La frustración era enorme cuando llegábamos a la cima de una pared, esperando que el camino empezara a descender de nuevo a la vegetación de las cotas bajas, en cambio nos encontrábamos con una bajada vertical y otra subida espectacular... Bajamos y subimos incontables veces, con manos y pies, como lagartos subiendo por una pared. El camino se complicaba poco a poco, cada paso ascendía hasta llegar al siguiente. Inevitablemente la fatiga fue haciendo mella... No obstante frente a la adversidad nos hicimos fuertes utilizando todos los recursos a nuestro alcance.

Cada vez había más nieve y más hielo. La piel se quedaba pegada a la pared solo con el contacto. Descendimos por cañones cubiertos de hielo, conseguimos subir riscos imposibles. Escalamos heladas paredes verticales, pasamos por zonas derrumbadas, víctimas de las habituales avalanchas invernales. La nieve y el hielo que se desprendía con nuestros pasos caía sin detenerse hasta perderse de vista cientos de metros más abajo.

Aquella mañana nos habíamos levantado pronto para caminar, estábamos preparados para aguantar un largo día, pero no estábamos preparados para lo que vino a continuación.

El camino seguía ascendiendo, sin piedad. Una silenciosa y demandante tortura hasta la cumbre... Hasta la cumbre de un risco helado en el cual ahora me encontraba atrapado, inseguro sin agarre posible. Miré de nuevo a Miguel y sólo pude articular cuatro palabras:

- ¡Aquí arriba estoy vendido! -

- ¿Qué hacemos? -

- Sólo se me ocurre llamar para que nos vengan a buscar, sólos no podremos salir de aquí -

- Además aunque pudiésemos no creo que nos diese tiempo a llegar al "hut" antes del anochecer -

Reconocimos al instante lo desesperado de nuestra situación. El sol se esconde pronto en Nueva Zelanda y además estábamos en la cara Sur del volcán, allí donde no da el sol durante todo el invierno. Pronto haría tanto frío que si no pudiéramos movernos (como era el caso) caeríamos en el sueño tranquilo y profundo que ofrece la hipotermia. Afortunadamente hacía uno de esos escasos días soleados y sin viento, la visibilidad era perfecta y desde allí arriba veíamos la playa, la jungla, los ríos que derraman sus lágrimas al infinito mar...

- ¡Llama YA y que se den prisa! - No podía moverme puesto que caería irremediablemente hasta la base del volcán y no sabía cuanto tiempo sería capaz de aguantar allí... La sensación era como si tratare de agarrar con fuerza una pastilla de jabón, mojada después de haberme lavado las manos.

¿Y si no hubiese cobertura? Sin duda sería fatal. Por suerte la tuvimos y el equipo de rescate se puso en marcha en seguida. La espera se hizo eterna. A cada rato intercambiaba unas palabras de ánimo con Miguel, me incorporaba y daba un par de patadas al hielo para asegurar mi agarre y desentumecer los músculos y articulaciones. También daba palmadas de tanto en tanto para activar la circulación de las manos.

Miguel estaba agarrado a un palo semienterrado y pudo sacar ropa de abrigo y comida... Yo en cambio estaba condenado allí arriba, sin poder moverme para alcanzar la mochila...

Los minutos parecían horas y durante la hora que esperamos se me pasó toda una vida por la mente. En cualquier momento el hielo bajo mispiés cedería, se derretiría o se derrumbaría, haciendo peligrar tanto de mi vida... Me sentía como un muñeco de cartón a merced de un único soplo de aire. Cuando por finoimos el helicóptero recobramos el aliento y el brillo en la mirada. Movimos los brazos frenéticamente con la esperanza de que nos localizaran... pero no fue así. Pasó de largo sin más hasta ocultarse detrás del enorme volcán. ¡Estábamos perdidos! Nos estaban buscando más abajo, no se esperaban que hubiésemos llegado tan lejos, la hazaña era prácticamente imposible. Llamaron por teléfono y Miguel comenzó a dar instrucciones para que nos localizasen. El helicóptero volvió a aparecer en el horizonte:

- ¡A vuestras tres! ¡A vuestras tres! ... ¡Doscientos metros más arriba de donde estáis buscando! ... ¡Por encima del nivel de las nubes! -

No dejábamos de mover los brazos, desesperados. Éramos un mísero puntito en una inmensidad blanca. Por fin se acercó aquel insecto mecánico, se puso frente a nosotros, nos señalaron y descendieron a un sitio seguro para preparar el rescate. Mirábamos desde lo alto, impacientes, como un coyote mira a un conejo moribundo. El cuerpo entero me temblaba, desde los pies hasta las orejas, en un exasperante baile por la supervivencia.

Por fin el helicóptero volvió a ascender hasta donde estábamos. El viento que levantaba era tan fuerte que tuve que agarrarme con todas mis fuerzas a la pared. Un hombre colgado de una cuerda aterrizó a mi lado y mientras luchaba por agarrarse al hielo perdió un guante... el guante cayó montaña abajo, dibujando el camino que habría recorrido yo si no hubiese conseguido aguantar hasta entonces hasta que se perdió de vista en aquel infinito mar de agua congelada. Pronto me encontré colgado de aquella larga cuerda, volando por encima del monstruoso volcán... Tenía el mundo a mis pies...

Me dejaron en un lugar seguro y subieron de nuevo a rescatar a Miguel. Yo contemplaba entretanto la escena desde la distancia, hecho una bola en un agujero escavado en la nieve. Con frío, pero seguro. Saqué ropa de abrigo de la mochila y comí algo. Bajaron a Miguel y el helicóptero aterrizó en la nieve. Subimos a bordo y emprendimos el camino al aparcamiento donde habíamos dejado el coche unos días atrás. Dejaron a Miguel allí, a mí en cambio me llevarían al hospital de New Plymouth a hacerme una revisión. Le comenté a Rob (el hombre que nos sacó de del hielo) que me encontraba bien, pero él insistió en ir a ver a un médico. Hasta que no estuvimos en el helicóptero no pudimos verle la cara al hombre que nos salvó la vida. Rob, un hombre bien entrado en años, calvo y con un denso bigote, un especialista en rescates alpinos, un héroe. Aquel día se jugó la vida por nosotros, no había resultado nada fácil sacarnos de donde estábamos, había sido casi tan difícil y arriesgado como llegar allí.

Antes de ir al hospital acudimos a un nuevo rescate, una chica que se había roto un tobillo caminando por una pista de esquí cercana. Nos recibió una ambulancia en el helipuerto , nos llevaría a urgencias. Sacaron a la chica en camilla mientras yo caminaba para entrar en calor. Una vez en urgencias se me acercó un enfermero y me preguntó si quería esperar 6 horas a que me viese un médico... Pues no, la verdad, y salí de allí tan contento. Mientras esperaba a Miguel en el aparcamiento, enfrente de la puerta del hospital, se me acercó Rob y me dijo literalmete que aquello era una "puta mierda" y que no lo tuviera en cuenta, que le acompañara en ambulancia a la central de rescates donde me podría tomar un café caliente. Así hice mientras llamábamos a Miguel para que supiera dónde estábamos. No conseguimos contactar con él pero dejamos un mensaje en urgencias para que le dijeran donde estábamos.

Me recibieron como a un rey, me prepararon una bebida caliente, me dieron toallas y mantas para que me secara y calentara los pies y me hicieron compañía hasta que llegó Miguel con el coche. Charlamos un rato más con ellos, nos despedimos deRob y le agradecimos todo lo que había hecho por nosotros y nos fuimos al Backpackers donde nos alojamos la última vez.

En fin, nos alegramos de estar vivos, que dadas las circunstancias no es poco... Creo que hemos aprendido más de una cosa y que va a ser una experiencia inolvidable, está grabada a fuego en nuestras memorias.

Bueno, os dejo de aburrir con palabras que ya han sido bastantes aunque insuficientes, como siempre. Espero que disfrutéis de las fotos que tomó Miguel (sin que el equipo de rescate se enterara, por supuesto).

Ahora más que nunca queremos volver subir a la montaña.

¡¡¡Besos para todos!!!

Fotos: ¿¿¿Track 1-3???, Carlos 1-2, Helicóptero 1-7, Taranaki Desde el Espacio.

Con Mis Propios Ojos: Miguel

10 de Julio

Con mis propios ojos:

Caminamos durante una hora y media siguiendo las marcas naranjas del camino por el risco de la montaña. Se nota que hace tiempo que nadie pasa por aquí, hay que esquivar algún que otro árbol caído y apartar algún que otro matorral, nada de otro mundo.

A la derecha un bosque plagado de Horopito, arranco una hoja y comienzo a mascar, además de producir saliva tiene propiedades antisépticas y pica un poquito, ¡Por algo lo llaman el árbol de la pimienta!. A la derecha una caída de unos cuarenta metros marcada por una cascada que se abre paso entre los helechos.

Comienza el ascenso y la nieve marca el camino hacia la cumbre, Taranaki brilla con todo su esplendor blanco. El camino se estrecha y el grado de exposición aumenta, teniendo que hacer uso de las manos, atrás queda el bosque, caminamos por encima de la línea de árboles, por encima de la nubes.

Tomamos un descanso y admiramos las vistas antes de atacar la montaña: El día es tan claro que nos permite ver más allá del parque nacional. Dirección sur-oeste podemos ver el Mar de Tasmania y lo que parece la isla de Mana, Agudizando un poco la vista puedes casi divisar la cadena montañosa de la Isla Sur. No apto para los que padecen del mal de alturas...

Se acabo la tontería, máxima concentración, a partir de ahora hay que andar con pies de plomo.

Un manto blanco bajo nuestros pies y el único indicador es una estaca de madera que asoma unos 40cm de la nieve. No hay árboles, no hay marcas, no hay camino, estamos en la cara sur del volcán.

No han pasado ni cinco minutos y ya estamos con la nieve por encima de los tobillos. Agarrados a la pared de roca ígnea como dos garrapatas a un perro sarnoso nos vamos abriendo camino por un desierto blanco.

Primero un paso, aseguras y luego otro, vuelves a asegurar clavando la punta de la bota, luego la rodilla, inclinas el peso hacia delante y clavas el puño en la nieve para estabilizar el peso de cuerpo y vuelta a empezar. Así repetidas e innumerables veces hasta cruzar el desfiladero.

A lo lejos otra estaca asoma en lontananza, nuestra única referencia, nuestro “As de Guía”. Caminamos con paso firme y constante pero en la nieve todo es diferente, las horas pasan volando aunque tienes la sensación de que estás congelado en el tiempo y apenas notas que avanzas. La nieve ya cubre por las rodillas.

Descendemos a un valle con la esperanza de que al otro lado el camino se dirija al bosque. Nada que hacer, a un valle le sigue otro, y otro y otro, y otro...

El día de descanso nos permite seguir con fuerza y no perder la esperanza, caminamos con paso firme pero la inclinación del terreno se agudiza y la caída parece no tener fin.

El sol derrite la nieve convirtiéndola en polvo y cada muro que escalas requiere un esfuerzo terrible. Es como subir por una escalera que se desintegra a tu pies impidiéndote avanzar. Aún así sacas fuerzas de flaqueza y consigues llegar a lo más alto, pero de nada sirve porque ante ti tienes un nuevo valle que descender, un muro de hielo que atravesar, unas rocas que escalar...

La adrenalina impide que el frío haga mella y aunque el ritmo decelera continuas caminando con paso firme aunque cansado. La capacidad de adaptación de la mente humana parece no tener límites y la voluntad dirige tu cuerpo de manera inconsciente, casi onírica.

Un punto rojo sobre un lienzo blanco me despierta del letargo. Un rastro carmesí muestra el camino. Me sangran las manos y el frío impide que coagule la sangre. La fricción hace que la nieve abrase la piel pero el dolor no se hace latente gracias a la anestesia del frío, curiosa paradoja.

Sigues clavando los puños en la nieve, desenterrando matorrales de tussok con el fin de encontrar un punto de apoyo más allá del hielo. El sendero parece no acabar nunca, escalamos un muro de piedra con la vista siempre fija en la cumbre, nunca mirando a tus pies. Mejor no ver la caída. Mejor no pensar en las consecuencias de un resbalón. Mejor no pensar en nada más que en el siguiente paso. En tu cabeza abrazas una sola idea: “Lo voy a conseguir, lo voy a conseguir”.

El sol parece que se esconde y en cuestión de minutos el hielo se pone tan duro como la roca que cubre. Ahora si que estamos exhaustos y cada vez es más difícil clavar las uñas en el hielo. Carlos va delante, a unos 15m por encima mío. Me agarro al único punto de apoyo del muro de hielo, respiro hondo y me decido a dar el próximo paso pero un grito de alarma congela mi cuerpo por primera vez en la montaña: “!Estoy vendido!”

Encaramado a una roca en lo alto del pico, Carlos se agarra a un cascarón de hielo sin poder avanzar ni retroceder. Se acabó.

Con sumo cuidado consigo quitarme la mochila y saco el teléfono, no hay cobertura. Marco el 111 y una voz femenina responde al otro lado de la línea. Le cuento la situación y directamente me pasan con la policía, se llama Mat. Vuelvo a contar la misma historia, les doy la posición exacta en la que estamos y le pido que envíe un helicóptero de rescate.

Me pongo en contacto directo con el piloto, me pide datos sobre nuestro estado y condición física. Le explico que la situación se torna insostenible, que no hay signos de hipotermia y que nos mantenemos conscientes pero que no hay forma de descender la pared de hielo para cavar un agujero en el suelo y ponernos a cubierto.

Por lo visto tienen otro rescate al otro lado del volcán, en las pistas de esquí una niña se ha roto un tobillo y van a por ella. Les llamo y les digo que no puede ser, que tienen que venir a por nosotros primero, que Carlos está muy expuesto y no sabe cuanto va a poder aguantar, que lleva un jersey rojo y que es a él al que tienen que sacar primero.
A grito pelao le cuento a Carlos las desalentadoras noticias y se las toma como desesperada resignación. Yo le digo que aguante como sea, que no queda otra.

Un minuto más tarde suena el teléfono; Vienen a por nosotros primero. ¡Aguanta que ya vienen, están en camino!

Desde la primera llamada de socorro ha pasado más de una hora y el sol hace tiempo que se despidió de Taranaki.

Un zumbido de esperanza inunda el aire, es el helicóptero de rescate. Con una mano fusionada al hielo y la otra agitando el aire que nos rodea hago lo posible por señalizar nuestra posición, pero parece ser que no nos ven, pasan unos 150m por debajo nuestro, estamos demasiado altos y se han pasado de largo.

Me llaman al teléfono y les indico nuestra posición, ¡Poneros mirando a la montaña y vuestras 03:00 a unos 100m por encima vuestro!

Ahora sí.

No hay manera de aterrizar a si que en el helicóptero Rob prepara su arnés. El ruido es ensordecedor pero en mis oídos suena una melodía de esperanza.

Llegan a Carlos que se agarra al hielo como una fiera a su presa. Parece que va a salir volando envuelto en una nube de agua-nieve de la ventolera que levantan las hélices. Acto seguido Rob desciende por la cuerda, clava un piolet en la nieve para que Carlos se agarre mientras le colocan el arnés y en poco más de dos minutos mi amigo surca los aires enganchado a un helicóptero por un cordón umbilical a más de 1500m de altura.

Se despide de mí con un gesto que no se si es una sonrisa o una mueca producto de la congelación de los músculos. Respiro aliviado. Ahora me toca a mí.

Depositan a Carlos en la única superficie horizontal del terreno y vienen en mi busca.

Unos metros por encima mío Rob desciende y me hace desabrocharme los cinturones de la mochila mientras me pone el arnés. La nieve está durísima y no encuentra donde agarrarse, se resbala pero retoma la posición. Yo mantengo las manos en alto para facilitarle el trabajo, parezco un caco al que le acaban de pillar infraganti.

Una vez asegurados los dos, Rob hace señales para que el piloto alce el vuelo. Parece que no ha entendido bien los comandos y comienza a retroceder ladera arriba mientras Rob se ve arrastrado contra el muro de hielo. Se anula la acción y vuelta a empezar. Recuperamos la verticalidad y de pronto comienzo a notar como la cuerda se tensa y de pronto estamos suspendidos en el aire. ¡Estoy volando!

A mi espalda Taranaki observa mi vuelo con gesto impasible, a lo lejos veo la cumbre del Tongariro hermana gemela y a mis pies un punto negro que poco a poco se acerca; es Carlos tumbado en la nieve.

Mientras me desatan Carlos y Yo cruzamos una mirada de complicidad, las palabras sobran.
Ya en helicóptero disfrutamos de una vistas privilegiadas: Vemos los huellas dejadas por los ríos de lava hace miles de años, las cubres nevadas, los bosques, las colinas y los torrentes de agua, el mar de nubes, el océano.

Llegamos al parking donde tenemos el coche y en un alarde de espectacularidad me sueltan del helicóptero con las dos mochilas mientras la gente mira atónita. Se llevan a Carlos al hospital, medidas rutinarias.

Tumbado en el suelo con la melena al aire a lo John Rambo me despido con un gesto de Carlos. Al otro lado del cristal él me da la réplica poniendo cara de “Pues nada, a ver que pasa...”.

Carlos a lomos de una libélula de metal se pierde en el horizonte mientras un grupo de gente me hace un corrillo. Me doy cuenta de que estoy temblando del frío.

Me tomo un café para entrar en calor y zumbando me voy al hospital.

Para cuando llego a urgencias la noche ya ha hecho acto de presencia. Me dirijo al mostrador y pregunto por el helicóptero. Una voz femenina me dice en tono suave: “You must be looking for Carlos, he´s at the Rescue Center”.

Rodeado de ambulancias, en una pequeña caseta, me encuentro a Carlos con los pies en alto cubiertos con una toalla mientras conversa airadamente con un grupo de enfermeras mientras disfruta de un chocolate caliente. Solo le falta decirme “ Pasa, siéntate y tómate algo...”.

Le doy las gracias a Rob “el rescatador”y a Matt el policía que me llama para comprobar que todo ha ido bien.

Aprovecho para limpiarme las heridas y la sangre seca en el baño y me uno a la conversación con una taza caliente entre mis “ahora sí” doloridas manos.

En torno a una mesa rodeada de uniformes rojos compartiendo una chocolate caliente, me doy cuenta de que estamos sanos y salvos, la aventura por fin ha acabado.

Fotos: ¿¿¿Track 1-4???, Ascenso, Rob el Rescatador, Helicóptero 1-5, Muro de Hielo.

La Encrucijada

10 de Julio

Con la barra de energía al máximo nos lanzamos al bosque sedientos de aventura. Ayer junto al fuego desplegamos el mapa para estudiar el circuito, la elección no es clara; Siete horas obligados a cruzar siete ríos con riesgo de inundaciones por debajo de los 600m vía Taungatara o cinco horas expuestos a las posibilidades del hielo a más de 1500m de altura vía Brames Falls.

Las condiciones climáticas son inmejorables; no hay nubes, no hay viento y en lo alto luce un sol invernal.

En poco más de una hora nos plantamos en la encrucijada. Apoyados en el poste que marca el cruce de caminos debatimos y jugamos con las posibilidades que nos brinda la montaña. De nada sirve lo meditado la noche anterior, ha llegado la hora de la elección.

La decisión pasa por una mezcolanza de emociones, responsabilidades, impulsividad irracional y sed de aventura. Tardamos 10 segundos en tomar una decisión.

Los tres primeros pasos definirán el resto del día. Como todo en esta vida el primer paso es el más difícil pero el segundo siempre acompaña y el tercero ya va solo...

Con sonrisa de gato comenzamos el ascenso mientras recordamos unos de esos libros que marcan tu adolescencia, “Elige Tu Propia Aventura”, “Si decides cruzar los ríos pasa a la página 73, si por el contrario decides enfrentarte a la nieve pasa a la página 99”. Esperemos que el libro pase de la página 100...

Todo lo que vino después ha de ser contado desde la perspetiva individual, tanto de Carlos como de Miguel...

Fotos: Carlos, Sol Quema, ¿¿¿Última Foto???, Cascada, Above The Bushline..., Mapa de Taranaki.